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UN VIAJE A ZIMBABWE


El tipo de delante me miró de reojo y yo, automáticamente, dirigí la vista hacia el reloj, como impulsado por un resorte mecánico. Esta vez el tipo lo ha notado, ha sentido que llevo protestando en silencio, rabioso, furioso por su incapacidad, por su inexperiencia, por su inutilidad para programar su viaje en el teletransportador. Traté de disimular pero algunas gotas de sudor debieron asomar por la base de mi frente, así que era imposible que no se hubiera dado cuenta. Permaneció un rato así, observando y dudando de la sinceridad de mi distracción puntual para con el reloj, quizá con alguna pregunta malévola enfilando en su lengua, algo como «¿se encuentra bien?» o una afirmación de culpabilidad del tipo «en seguida termino.» Debo controlar los ataques de ansiedad. El Hypnorex no me ayuda. No funciona, por ejemplo, cuando guardo cola frente a los teletransportadores. No puedo dejar de pensar en la multitud de veces que la instrumentación falla y de repente aparece al otro lado del mundo un brazo, una pierna o, peor, una cabeza enhiesta que se materializa línea por línea, como un televisor analógico recién sintonizado1 y flota un instante en el aire del teletransportador del aeropuerto de Gatwick o en el Charles de Gaulle y, de repente, en un apagón eléctrico o de la señal, el aura que sostiene la testa en el aire desaparece y la cabeza cae secamente contra el suelo de la cabina metálica, como una sandía o un melón o un balón lleno de piedras. Mi temor no es aparecer en París con un brazo menos o sin cabeza, de hecho es bastante improbable que esto ocurra tras la catastrófica intervención en Uganda de los servicios de inteligencia israelíes hace un par de décadas2. Desde entonces se comprueba que los objetos duplicados al otro lado del canal son en efecto duplicados y no se han convertido en objetos con taras. En el caso de animales y otros objetos vivos el asunto es más sencillo. En realidad hay poco que transportar de un lado para otro, agua y cinco o seis elementos químicos básicos. Si el animal está vivo es el mismo animal, si está muerto o viene a trozos es evidente que ha habido algún error y hay que comenzar de nuevo el proceso.

teleport

Ahora bien, en mi pesadilla, como le cuento tantas veces al doctor, soy un técnico vestido con un mono de empleado aeroportuario que baja del coche eléctrico tras conducir por los pasillos de la terminal internacional, y en medio de una multitud quejumbrosa y herida que le espeta la tardanza (comerciales de viaje a alguna capital de provincia de corbata barata, estudiantes con suculentas y ortopédicas opiniones y mochilas dirección a Flandes, oriundos de algún pueblo de Andalucía, viajantes de autobús de quince euros el billete de vuelta y bocadillo de salchichón en la mochila); entre todos estos tengo que levantar la voz, agitar los brazos y avisarles de que la reparación llevará tiempo, que la compañía se hará cargo de sus vuelos o viajes de vuelta y que no se puede hacer nada por el momento. Tras la decepción general y alguna pregunta aclaratoria, a la que contesto con evasivas monosilábicas, por fin comienzo a trabajar a solas, tal vez con algún ayudante casi púber de pelo rapado que me va pasando las herramientas. Todo el numerito del técnico es necesario, expulsar a los curiosos es fundamental porque cuando se abre la cápsula puede aparecer algún miembro deforme, una cabeza, como decía, que ha estallado contra el suelo, un gato despellejado, una mano, etcétera. Y este hecho no es el más inquietante de mi pesadilla, sino que toda esta secuencia se repite varias veces en el mismo sueño, como en un ritual y que antes de abrir la cápsula ya sé lo que voy a encontrar 3, y lo sé y no me cuesta trabajo recoger los pedazos de la cosa o ser allí reventado (debería decir mal transportado, porque realmente el objeto o ser reales estarán perplejos en sus lugares de origen, tratando inútilmente de teletransportarse nuevamente desde otra cabina o bien reclamando en algún mostrador la devolución del importe del billete). Voy guardando los trozos en distintas bolsas de basura (orgánica, papel, metal) y tengo deshacerme de todo ello y firmar que la destrucción de esos fragmentos duplicados proporcionan gracias al servicio técnico la univocidad original. Hay quien se guarda billetes o joyas: no les culpo.

El tipo de delante me mira de reojo y el litio del Hypnorex bloquea o más bien tapona la recepción de noradrenalina en mi cerebro. Se introduce en la máquina, bloquea la puerta y una luz roja indica que una copia de los datos de su esqueleto, masa muscular, sistema nervioso, sistema circulatorio se está enviando a algún lugar del mundo mientras él lee tranquilamente la sección de contactos del periódico local o manda un mensaje de texto sobre una banqueta bajo una tenue luz de flexo dentro de la cabina. Tras unos segundos, una luz verde indica que el teletransportador está libre. Compruebo con mi tarjeta de viajero frecuente que el destino es correcto. Las puertas de la cabina se abren. Me acomodo, cierro la cabina y registro mi cartera para comprobar si tendré dinero suficiente para pagar el taxi desde el aeropuerto en el hotel. Sí, lo tengo, pero en moneda local, así que tendré que cambiar divisa allí, con el consiguiente recargo en comisiones. Me llevo la mano a la nuca, la tensión puede conmigo. Algo no marcha bien, la puerta se abre y veo que la cola de pasajeros me ha descubierto guardando la cartera en el bolsillo. Me observan sorprendidos, como preguntándose: ¿qué hace usted aquí todavía?

Buenas tardes — pregunto en el mostrador de la compañía teletransportadora a una señorita con minifalda, posiblemente licenciada en Turismo, cinco idiomas, con deseo de realizar un máster en comercio internacional y trabajar en algo más gratificante que atender las quejas de los usuarios descontentos.

Buenas tardes – repito -. Tengo un billete de ida hacia Harare.

Comprueba el billete, comprueba el ordenador.

¿A qué hora tenía el viaje?

A las 15.30.

Inútil incidir en que la hora está impresa en el billete, en el ordenador, en mi cara de disgusto.

Voy a realizar una llamada a destino, para comprobar qué ha ocurrido. En caso de que haya existido algún problema le reubicaremos en otro viaje. Quedan huecos en Madrid – Durban, desde ahí podemos proporcionarle un billete de avión tradicional o bien un viaje por autobús.

Haga la llamada, me esperan dentro de poco.

Hace la llamada. Habla en inglés. Se rasca con un bolígrafo por detrás de la oreja. Me gusta. Podría estar todo el día mirando cómo se rasca la oreja arriba abajo, moviendo un mechón de pelo por detrás del lóbulo.

No tenemos confirmación de ningún error – dice, cuando vuelve.

¿Cómo?

Según me comentan mis compañeros en Harare, no se ha producido ningún teletransporte erróneo desde esta mañana.

Es evidente que no estoy allí, sino aquí.

Es evidente, sí.

Nos quedamos en silencio. No sé si yo espero a que amplíe su respuesta o ella espera que yo estalle.

¿Y bien? – digo yo, por fin.

No ha existido ningún error. Quiero decir, la máquina de Harare funciona perfectamente. Lleva recibiendo pasajeros toda la mañana.

Pero yo no he llegado allí.

Voy a comprobar con ellos si su nombre no está en la lista.

(Cada vez que llega un pasajero sano y salvo a destino debe firmar su llegada). Vuelve, tras otra sesión de rasca—rasca con el lápiz.

Es muy raro – anuncia.

¿Perdón?

Según me comentan, usted... Alguien ha firmado por usted en Harare.

Eso es imposible.

Sin embargo así es.

Eso es imposible, le repito. Yo estoy aquí y no he firmado nada.

Es lo que me comentan mis compañeros.

¿No comprueban la identidad de los pasajeros cuando llegan a destino?

Sí.

Pues yo estoy aquí, así que no estoy en Harare. No he podido mostrar mi pasaporte a nadie.

¿Me deja ver su documentación?

Se la dejo ver. No sabe qué decir.

Lo mejor que puede hacer es llamar al aeropuerto de Harare. En la frontera toman los datos de todos los que llegan.

Me dirijo a la oficina de asuntos exteriores del aeropuerto. Allí me atiende un guardia civil. Le explico el caso. También se rasca la cabeza, pero evidentemente esto no me place tanto.

Lo investigaremos.

Y ya está. Seguí en el aeropuerto un par de horas, arreglé algunos asuntos con la compañía y con los jefes de proyecto a los que iba a visitar y me decidí a acudir por otros medios a Harare. La señorita de la compañía me preparó un pasaje hasta Durban y allí tomé un vuelo hasta Harare. Llegué al hotel, cené un sándwich y me eché a dormir.

Al día siguiente al de mi llegada no trabajaba, así que decidí que tal vez sería buena idea realizarme un chequeo médico en el Hospital de la avenida Lobengula. Tenía uno reciente, que además incluía la cartilla de vacunación internacional, pero solo era válido para el norte de África y Medio Este y aunque normalmente no ponen pegas, últimamente la embajada de Zimbabue advierte a las empresas locales que recomienden obtener una cartilla nacionañ. Supongo que se trata de rémoras de la política de compensación de la población negra, aunque también es cierto que ya apenas queda ni un solo propietario blanco en todo el país. Cuestiones casuísticas, o falta de ganas. La cartilla sanitaria y los análisis 4 aquí son diferentes a la que expiden ad hoc en los aeropuertos de Europa y aunque los recepcionistas de hoteles están acostumbrados a tratar con europeos, se han dado caso de viejos propietarios con reticencias a aceptarla e incluso, en extremos casi delirantes, a avisar a la policía. Esto me ocurrió hace un par de años, con un anciano ndebele (lo recuerdo por el acento inconfundible, algo afectado por los temblores pero inconfundible), más preocupado por no tocarme que por cobrar las sábanas, que llegó a llamar a la policía local. Y aunque la situación es violenta, suele ser más embarazosa para los guardias que para el visitante, que suele ser invitado a abandonar el hotel y hacer la reserva en otro. Creo que ahora se multa o se impone un devengo a final de año a los hoteles que se niegan a aceptar a los poseedores de cartillas válidas, pero como en mi caso yo no tenía una cartilla expedida en Zimbabue, el propietario estaba en su derecho. Supongo.

Golf

Me dirigí al Hospital de Enfermedades Infecciosas, cerca de Beatrice Road, aunque en realidad allí no tratan ninguna enfermedad que suponga un riesgo para la población, el nombre es simplemente un homenaje al anterior centro 5 . Hace algunos años uno podía viajar directamente desde el aeropuerto hasta aquí a través de los teletransportadores, pero la ciudad se ha visto incapacitada para mantenerlos: especialmente el tratado de residuos de teletransportes erróneos o fallidos les suponía mucho más trabajo que adquirir cabinas nuevas, así que decidieron suprimirlo. La señorita que me atiende me obliga a rellenar una ficha con mis datos personales, nacionalidad y a proporcionarle una copia del pasaporte, así como un par de fotografías y la cartilla de vacunación internacional. Lo hice, y mientras ella metía los datos en el ordenador estuve hojeando una revista que habían dejado en el mostrador.


Points to consider before planting trees on your golf course6

In part one of a three—part series on trees, John Stewart of Just Trees gives advice on what to consider before embarking on a planting programme.


Disculpe, caballero – se arranca la señorita —. Según me indica el computador, ya solicitó una cartilla de vacunación ayer por la tarde. Si la ha perdido será necesario que vuelva a abonar la tasa de vacunación, aunque no será necesario que vuelva a vacunarse. Le pedimos eso sí, que acuda cuanto antes a comisaría para denunciarlo, pues si alguien se apropiara de ella podría causar un problema con las autoridades sanitarias. ¿Desea que anule la cartilla anterior y le expenda una nueva?

Informe


La evidencia de saber que un doble mío andaba por la ciudad de Harare, algo que venía sospechando ya desde Durban, mientras le daba vueltas al asunto del teletransportador, no era lo que más me intrigaba: sí, en cambio, que ese doble mío no hubiera sido retenido en el aeropuerto de Harare en el momento mismo del fallo en la terminal de Madrid y, sobre todo, que mi doble estuviera actuando como si yo no existiera o, más bien, como si él existiera. Sólo conocía otro caso de una replicación exacta a causa de un teletransporte. Le ocurrió a Van Rooken, un trajeado de contabilidad, en un viaje de vacaciones. Después de haber lanzado a toda su familia a través de la cabina sin ningún problema (acudían a visitar a unos familiares cerca de Haarlem, en Holanda), Van Rooken se demoró unos instantes tratando de aliviar algo de peso de la maleta. En aquel momento, la cabina tuvo una fuga en el sistema de refrigeración, pero ni el oficial ni los técnicos del aeropuerto fueron conscientes. Van Rooken entró en la cabina, ésta se puso en funcionamiento y tras realizar el análisis químico y comenzar la transmisión, se fundió. Van Rooken salió fastidiado de la cabina y llamó a su esposa. Lo intentó varias veces, pero las radiaciones de la cabina habían frito el teléfono móvil así que se dirigió a teléfono público y por fin pudo hablar con su mujer. Se quedó estupefacto al encontrar a su querida esposa sumida en un ataque de nervios, sorbiendo constantemente e hipando un discurso ininteligible. Trató de calmarla desde 3000 km. de distancia, y cuando por fin lo consiguió la mujer le contó qué es lo que había ocurrido. Al parecer, un momento antes de que estallara la cabina en origen, la cabina en Haarlem había transportado una réplica de Van Rooken que incluso llegó a salir por su propio pie de la cabina. Sin embargo, cinco segundos después, mientras el auténtico Van Rooken se quejaba a los técnicos por el fallo técnico, la réplica de éste se desplomaba ante el espanto y el colapso emocional de su mujer y sus hijos. Puesto que no tenían ninguna noticia de que el transporte hubiera sido fallido, habían considerado que el Van Rooken que salía por la puerta era el auténtico y que su desplome se debía a un mareo por el viaje. Pues bien, ese Van Rooken que se desplomaba lo hacía muerto, como de un latigazo. Solo cinco minutos más tarde, cuando el auténtico Van Rooken llamó por teléfono a su esposa pudieron respirar tranquilos tanto los técnicos, como los sanitarios que habían tratado de reanimar a una réplica fallida y más aún, los directivos de la empresa instaladora.

Mi réplica había sobrevivido al proceso y era, a ojos de todos, un hombre normal y corriente, un trabajador que había llegado a Harare, se había registrado en la autoridad sanitaria del hospital y había pasado la noche allí. El asunto de la conciencia me tenía intranquilo. Aunque soy poco dado a la escatología propia de estos asuntos, siempre había considerado que la conciencia era irreproducible. Se me puede acusar de religioso y aunque se tiene por cierto que alma y materia van unidos y son indisolubles, no cabe duda que en el caso de Van Rooken no había ocurrido así: el primero, el que tenía alma, refunfuñaba y trataba de hablar con su mujer, y el segundo era lo más parecido a un pollo sin cabeza que avanza por inercia en un pasillo el aeropuerto de Haarlem.


No pude cerrar ventas con el responsable (blanco) de tecnología de Harare debido a que el jefe de proyecto se encontraba de baja por gripe. Me invitó a pasar la tarde en el club de golf para charlar. Quiso jugar un par de hoyos pero no me encontraba con ganas. En vez de eso, me invitó a tomar unas copas en el restaurante y me contó las dificultades que estaba teniendo la franquicia para reclutar a trabajadores cualificados, debido al asunto de las cartillas de vacunación y la ineficiencia de los transportes en Zimbabue. Estuve a punto de contarle mi caso, pero preferí estudiar el sitio, porque hubo un detalle que me llamó la atención: se trataba del único sitio en Harare donde se podía encontrar a más de tres blancos juntos. El responsable argumentó que los clubes de golf funcionaban como sociedades nostálgicas, a la manera de los colonialistas ingleses y aunque ya apenas quedaban empresas inglesas en Zimbabue, el club había mantenido una falsa imagen de proselitismo racial. Esto lo dijo no sé si con desdén o nostalgia hacia los antiguos valores, parecía que lamentaba en cierto modo que se estuviera produciendo un cierto apartheid no dirigido desde el poder, sino desde los hombres de negocios y los trabajadores extranjeros. Me gustó la cubertería y cuando se excusó y se levantó para ir al servicio, me introduje un tenedor en el bolsillo, sin que nadie se diera cuenta.

Nos despedimos después de algunos gintonics y me dirigí al hotel, pero me encontraba demasiado excitado para dormir así que pregunté en recepción por algún bar abierto y el hostelero me indicó algunos locales de fulanas mientras me guiñaba el ojo. Decidí salir pasear y llegué hasta el parque Alexandra. No me agradaba estar en Zimbabue, es un país muy aburrido, excesivamente burocratizado y quisquilloso para los negocios o, debería decir más bien, tacaño. Los planes para el retorno de cerebros trajeron consigo a cientos, miles de licenciados en economía que se lanzaron como hienas sobre los mercados de valores y consiguieron desplazar a la agricultura y a la ganadería (literalmente de subsistencia7 en las provincias) como constructores del PIB. El hermanamiento con otros países del continente productores de materias primas, como Nigeria o Chad, formó lo que se llamó desde la prensa europea el Gigante Africano. Sin embargo, la ética de “economizar pérdidas – maximizar beneficios” se destiló hacia toda la población zimbabueña que perdió la inocencia que el turista del siglo pasado atribuía a los africanos8 y poco a poco la psique nacional se transformó en algo más parecida a la de los comerciantes holandeses del siglo XVII: ávidos de ahorrar el último dólar hasta el extremo de no permitirse invitar a sus compadres a una cena sin una garantía de que ese gesto iba a ser recompensado con uno mayor.

Fue en un banco del parque Alexandra donde me encontré a mi doble. Ahorraré los detalles de la sorpresa que me llevé no sólo por encontrarme la réplica de mí mismo en Harare sino también por comprobar que él mismo se encontraba estupefacto por mi presencia. Comprobé en el transcurso de la conversación que no era consciente del asunto del teletransportador y hacía muchas preguntas acerca de mi familia, supongo que con la intención de averiguar si tenía un hermano gemelo desconocido. No tuve más remedio que matarlo con el tenedor. Así traté de hacerlo ver en el tribunal de Harare que me juzgó y finalmente me dejó libre por falta de cargos. Para la justicia había a un mismo tiempo un muerto y un vivo que eran la misma persona, y aunque en efecto había un cadáver, también es cierto que había pruebas fehacientes de que ese mismo cadáver estaba vivo, con otro cuerpo y quizá siendo otra persona, pero a efectos legales el mismo, así que se actuó en favor de los vivos y se dejó sin castigo al asesino, que en todo caso, no podía ser asesino de sí mismo. El texto del tribunal es farragoso y complicado de entender, así que dejaré a los ratones de biblioteca que lo encuentren y lo traduzcan.

Dudo mucho que mi doble hubiera aceptado someterse a una serie de pruebas de autenticidad genética, de hecho, hubiera sido más que probable que las pruebas fueran inconcluyentes, puesto que los teletransportadores garantizan la réplica exacta, átomo a átomo, de los objetos o seres vivos, circunstancia que en numerosas ocasiones se ha demostrado no ser del todo cierta 9 .

Volví a Madrid en avión, sin cerrar la venta, y le dije a mi psiquiatra que el Hypnorex me daba calambres y dolores de cabeza, cambiaré a algo menos agresivo – odio el Alprazolam. Al final no invertí en los campos de golf de Zimbabue, ni cerré el trato con el comercial. No sé quién se hizo cargo del cadáver de mi doble, nadie lo reclamaría. Pagué por su icineración, algo me obligaba a ello, aunque la sensación era extraña como la de preparar tu propio funeral. Supongo que debería haber consentido la donación de sus órganos, pero por algún motivo me daba repelús firmar que lo despiezaran. Hace un par de meses que no viajo en teletransportador, creo que quieren despedirme.


1 Aunque tengo entendido que es un ornamento meramente estético, la idea original del ingeniero consistía en proyectar primeramente toda la figura e ir reduciendo el contraste o la translucidez del objeto hasta que por fin fuera sólido y una vez confirmado que el objeto o persona ha sido duplicado, hacer desaparecer el original por el mismo método, haciéndolo cada vez más transparente. Esto provocó algunos problemas de tardanza, así que hoy, según tengo entendido se fulmina sin meditarlo mucho el objeto original. Lo de las líneas es una rémora de los antiguos CRT, pero no tiene ningún efecto sobre el objeto transportado.

2 Desde que una guerra se puede perder por aparecer súbita, espectralmente en campo enemigo, desnudo y sin armas. Las armas se quedaron en los teletransportadores de Tel Aviv por un error en el proceso de los grupos de aleación de la munición.

3 Puesto que el aire que hay dentro de la cápsula también se lleva de un lado a otro, en ocasiones, cuando espero a algún conocido que viene de algún lugar con mayor humedad, como la playa o un país tropical, trae consigo, impregnado en su ropa o en su piel ese olor tan particular. Sin embargo, sigue siendo un olor artificial, no sabría cómo explicarlo. Sigue oliendo a quemado.

4 Las pruebas básicas en Europa son: Hematología, eosinofilos, lonfocitos, monocitos, basofilos, netrofilos, glucosa, colesterol, creatinina, got (ast), gpt (alt), ggtp, densida, orina, para los riesgos del perfil 450: exposición a agentes químicos (específicamente alcohol isopropílico), radiaciones ionizantes y no ionizantes y exposición a ruidos. En Zimbabue y en algunas regiones limítrofes de Botwsana, especialmente las provincias menos desarrolladas, las pruebas incluyen, además, ensayo por inmunoabsorción ligado a enzimas, antígenos y anticuerpos de la hepatitis, así como otras que ahora no recuerdo. Esto supuso en su día algún revuelo por parte de los sindicatos y comités de empresas transnacionales en la OMS, incluso la foto de un adusto Pierre Lebardin encogiéndose de hombros, secretario de la organización por aquel entonces, llegó a ser portada en algún periódico, más quizá por lo resuelta y falta de decoro que resultó su expresión facial que por el interés real que hubo en el asunto. Desde las organizaciones de comercio se adujo, contra la sospecha de discriminación racial, que los sistemas sanitarios zimbabuenses estaban colapsados por la afluencia de trabajadores extranjeros y que los tratamientos para las enfermedades exóticas —se obvia que se refería a enfermedades “blancas” o de los “blancos” — costaban mucho más que lo que rentaban las aduanas por el tránsito de capital de un lado a otro. El Newsweek lanzó algunas flechas hacia la cabeza de ciertos sectores nacionalistas, pero finalmente se aprobó como no-discriminatorio hasta hoy.

5 Además, sería absurdo tener un hospital de este tipo justo al cabo de la ciudad, junto al Instituto de Secundaria Chirodizo y del Instituto Harare; al menos tan absurdo como fue mantenerlo en los años de la hiperinflación.


6 El artículo, publicado por la revista de Royal Harare Golf Club, detalla las precauciones y avisos que se han de tomar a la hora de plantar árboles a lo largo de un campo de golf. Stewart refiere cinco puntos a tener en cuenta: el entorno/línea de horizonte (circuitos cerca del mar, con vientos salados, por ejemplo, requieren un diseño más corvado, cerrado sobre sí), especies, la posición y el tipo de torneos que se van a celebrar (en Zimbabue el golf es casi una religión, de ahí la importancia del cuidado de los circuitos), y el tamaño de los árboles.

7 La exportación de cereales contribuyó al crecimiento del país a finales de la década pasada. Según las organizaciones de comercio llegó a ser uno de los principales productores de maíz para usos industriales, como combustibles ecológicos. Lo innovador, en aquella ocasión, fue que las cooperativas provinciales firmaron varios tratados nacionales para evitar la competencia de precios entre agricultores. Unido a que el crecimiento del parque automovilístico mundial estalló en aquella época, el input de capital fue fantástico.

8 Como el mito de que los africanos eran en extremo hospitalarios, algo muy extendido entre los backpackers de la época y completamente falso. Yo hice backpacking en la época del desarrollo, justo antes del boom bursátil y lo que me encontré fue con una población local amigable —eran prestos a la charla— pero no cándida. Los negritos no sacrificaban una vaca para luego zampársela junto al joven aventurero en sus chozas. Ya no existían “chozas” por aquel entonces, salvo en los museos antropológicos.

9 Como todo proceso físico-químico que se aplica sobre un ser vivo, la teletransportación produce mutaciones en el RNA de las células. Estas mutaciones son aleatorias y pueden producir cáncer, como prácticamente cualquier radiación, incluidas las solares.




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