Miren lo
que les voy a contar:
Un hombre,
un hombre cualquiera, un hombre con un bigotito ridículo, se acuesta
un día junto a su mujer y sueña que planea junto a ella un viaje a
Nueva York.
El sueño
es tan real tan real que el señor del bigotito ni siquiera se da
cuenta de que está soñando, así que cuando le dice a su mujer que
van a viajar a Nueva York y ésta se pone contenta (porque esta
señora nunca ha viajado más allá de Calatrava) el señor que sueña
sueña que se alegra y que mueve su bigotito.
Así que el
señor y la señora preparan una maleta y ponen en ella todo lo que
creen que van a necesitar en su viaje: un secador de pelo, un bote de
champú, un par de pijamas, un estropajo, la cena de la noche
anterior y la alcachofa de la ducha. Todas esas cosas, así como una
corbata, un rollo de papel higiénico y una bota del pie izquierdo.
Y luego
llaman a un taxi y cuando llega el taxi, el taxista les dice que se
metan en el taxi y entonces tratan de meterse todos en el taxi: el
taxista, el señor del bigotito, la señora y la maleta encima, y
claro, no caben, así que el taxista dice que se salgan del taxi y salen
todos, meten la maleta en el maletero, luego el taxista mete a
la señora y el señor mete al taxista y el señor se mete solo, que
para eso es mayorcito.
Llegan al
aeropuerto, salen del taxi, sacan la maleta, regatean a los guardias,
los turistas y a los jurisconsultos, vuelven al taxi, pagan al
taxista y reciben una bronca, corren al mostrador de Iberia o Ryanair
y le enseñan los billetes a la azafata. La azafata toma los
billetes, les mira, luego a los billetes y luego a ellos, así varias
veces y... (tensión) Les dice que gracias por volar con
Iberia o Ryanair y que su vuelo saldrá en cuarenta minutos.
En el sueño del señor no ocurre mucho más. Bueno sí. Que llegan a Nueva York. Pero es poca cosa.
Llegan a
Nueva York y se registran en su hotel. Sacan todos los cachivaches de
la maleta y las reparten por la habitación, como si fuera su casa,
pero claro, como están en una zona horaria distinta las colocan en
sitios distintos y lo ponen todo patas arriba: el señor se coloca la
alcachofa como corbata, la señora se seca el pelo con la cena del
día anterior y friega los cacharros con un pijama.
Por fin salen del edificio, con una cámara de fotos y sin alcachofas ni pijamas. El señor del bigotito está muy ilusionado, la señora es más tranquila, y también está ilusionada porque aquello de Nueva York no se parece en nada a Calatrava.
El señor del bigotito le pide a su señora que le saque una foto. Y la mujer, muy atenta, le saca una foto. Luego la mira (¿no lo hacemos todo? ¿por qué se mirarán las fotos una vez sacadas? ¿Por vanidad? Quizá uno teme que con cada foto le hayan robado un trozo de alma o algo así y quieren ver si al menos les ha valido para salir guapos.)
Bueno, pues se pasan toda la mañana así: el hombre posando y la mujer sacando fotos. Se saca una foto en Times Square haciendo el pino, en Central Park dando de comer a los patos, en la estatua de la libertad haciendo de estatua de la libertad (esta es muy típica, ¿no?) y en todos todos estos sitios el hombre siempre se deja algo: un calcetín, un traje de rayitas, el monedero... Y su mujer, que es muy atenta y muy sufrida, lo va recogiendo todo como si fueran las miguitas de pan que deja su marido.
Claro, a todo esto, la mujer se enfada cada vez más y más con su marido, porque no solo le saca fotos, le recoge el traje, el monedero y todo lo demás, sino porque ella no ve la ciudad sino a su marido, el del bigotito, haciendo el tonto y molestando a todo el mundo; y además ella no sale en ninguna foto. Aunque también es cierto que a ella no le gusta salir en las fotos ni mucho menos, hacer el tonto.
Pues aquí llega lo mejor del sueño del señor con bigotito. La extraña pareja sube hasta el Empire State Building. Después de guardar una cola de una hora y subir 102 pisos de altura se encuentran en el mirador. El señor del bigotito, claro está, le pide a su mujer que le saque más fotos, allí a 102 pisos de altura y la mujer, tan cansada que preferiría estar en el hotel planchando el pijama con la bota del pie izquierdo, le saca aún máaaas fotos. Le saca tantas fotos que le duele el foto del darle al botoncito. Y el hombre venga a hacer el tonto en la cornisa, y la mujer venga a darle al botoncito. Y el hombre en la cornisa y la mujer: “que no hagas el tonto”, y el hombre que se acerca a la cornisa y ¡plof!
¡Se cae!
Se cae desde una cornisa a 102 pisos de altura. La mujer grita, los otros turistas gritan y un bebé que lo ve caer no grita, porque no ha aprendido a gritar, sino que se ríe y a todos les parece tan rico que dejan de gritar.
El señor está cayendo al vacío desde el empire state building. Pero cae tan despacio tan despacio que puede ver a través de las ventanas de cada piso. Puede ver, por ejemplo, a los comerciales hablando por teléfono y a los jefes de los comerciales ordenando a los comerciales que hablen por teléfono. Ve a las señoras de la limpieza limpiando, y a las secretarias secretariando, saluda también a un señor que también se cayó una semana antes y que se había quedado allí a limpiar los cristales. Y el hombre del bigotito les saluda a todos.
Pero resulta que no todos los empleados del Empire State Building son honrados. Algunos se asoman a la ventana, pero otros... Ay, otros estiran la mano y le van quitando cosas. Le quitan los zapatos, le quitan los pantalones, le quitan una muela que le empastaron la semana pasada... El hombre les pregunta: ¿por qué? ¿por qué me quitáis las cosas? Y los amigos de lo ajeno le dicen: pero ¡qué más te da! Si nadie sobrevive a 102 pisos de caída. Y entonces el hombre se pone muy triste y piensa en su pobre mujer, que se habrá llevado un susto de muerte. Y piensa que le gustaría que estuviera allí con él, cayendo de 102 pisos de altura y que le sacara una foto y que regañara a todos los empleados maléficos del Empire State Building.
Así que un hombre con un bigotito sueña que cae de un edificio. Cuando está a punto de estamparse contra el suelo cierra los ojos y desea que solo sea un sueño. ¡Y claro! ¡Se despierta! Se despierta al lado de su mujer y su mujer, del sobresalto, también se despierta. Se toca el pelo, se toca los pies y luego se toca el tronco y suspira aliviado porque está entero y desnudo. Y su mujer le pregunta que qué ha pasado y le cuenta el sueño, que se iban a Nueva York y que se les olvidaba pagar al taxista y que hacía el pino en Times Square y que luego se caía de un edificio y que le quitaban las cosas.
Y la mujer, que le ha escuchado atentamente y que suspiraba cada vez que le decía algo de Nueva York porque ella nunca había ido más allá de Calatrava espera a que termine de contar su sueño y cuando termina, cuando termina de contar todo eso, se gira hacia su lado de la cama agarra unas cuantas cosas y le da los pantalones, los zapatos, la muela que le empastaron el otro día y todo aquello que le quitaron mientras caía y le dice: ¡Toma! ¡Mira que te tengo dicho que no hagas el tonto! Y la próxima vez te vas a Nueva York tú solo, aunque sea en sueños. Porque ¡menudo susto me he llevado!
