Making of: Un día soleado en Königsberg (y II)
9 May
Sigue a: Making of: Un día soleado en Königsberg (I)
No hace ninguna falta tocar las castañuelas, pero en caso de tocarlas, más vale tocarlas bien que tocarlas mal. dice uno de los hombres más sabios de este país de otro hombre más sabio aún.
Lo sencillo hubiera sido, por ejemplo, disparar trozos al azar, algo con una alta carga poética, con imágenes muy angustiantes o epatantes, algo con niñas, árboles y sexos húmedos, a batiburrillo y olvidarse de que toda historia debe contener una historia. Sí, una historia debe tener una historia. Si nos ponemos magníficos, uno puede añadir una buena disquisición copiada y pegada de algún manual, que a su vez plagia a Barthes et cía. sobre construcción de una trama, enlazado de elementos narrativos, subtextos, la diferencia entre contar y narrar; trama y argumento, pero andamos escasos de espacio.
Los fragmentos poéticos o poetizantes son una tentación muy grande y el cajón de sastre de la experimentación es asimismo un cajón muy amplio y muy tentador para dar cabida a que el nombre se convierta en cosa, y que lo mismo da que “fieltro de alabastro” que “alabastro de fieltro” o bien, llamar historia a una sucesión arbitraria de fragmentos. Lo interesante, al menos con Königsberg, era algo tan sencillo como ahorrar espacio, mantener la coherencia sintáctica y temporal y que en el espacio de un relato cupieran infinitos. Que hubiera una historia.
Muy a menudo, la “experimentación” no es más que un pretexto para la falta de imaginación, para la vacuidad absoluta. Muy a menudo no es más que una licencia que se toma el autor para alienar -y maltratar, incluso- a sus lectores. Esa escritura, con harta frecuencia, nos despoja de cualquier noticia acerca del mundo; se limita a describir una desierta tierra de nadie, en la que pululan lagartos sobre algunas dunas, pero en la que no hay gente; una tierra sin habitar por algún ser humano reconocible; un lugar que quizá sólo resulte interesante para un puñado de especializadísimos científicos.
Raymond Carver
El relato es un grafo de cuarenta nodos que se pueden recorrer de muchas maneras posibles y cada historia guarda coherencia, tanto temporal como sintáctica. No hay saltos imprevistos, ni discontinuidades temporales, ni recursos propedéuticos o metafísicos o trampas narratológicas esdrújulas (uno no es guionista de Lost). El recorrido de este grafo contiene situaciones muy curiosas, como por ejemplo:
- Que el protagonista sea asesinado por sí mismo.
- Que el protagonista escriba una historia en la cual él es asesinado por sí mismo.
- Que el protagonista escriba una historia en la que escribe una historia.
- Que el protagonista nunca vaya a trabajar.
- Que el protagonista reciba constantemente llamadas de una ETT y nunca le cojan para un trabajo.
- Que el protagonista se suicide a la mínima de cambio, sin motivo aparente.
- Que el protagonista sea atracado cientos de veces por el mismo matón.
- Que el protagonista consiga el mismo trabajo y lo deje la misma noche, durante varias noches.
- Que el protagonista se dedique a mirar el periódico durante todas las mañanas y nunca reciba una llamada.
- Que Euler hable maravillosamente de Kant y Kant hable maravillosamente de Euler.
- Etcétera.
Se titula Königsberg porque Euler vivió en Königsberg y Euler trató de resolver el famoso problema de los puentes de Königsberg. Kant, Inmanuel, fue además contemporáneo y como se sabe apenas salió de Königsberg a lo largo de su vida. Así que la historia (no escrita) es la siguiente: Euler trata de hacer que Kant salga de Königsberg. Y Kant, nunca, nunca lo consigue.


