¡Por fin a la venta!
25 Feb
7 Sep
A mí no me molesta que alguien preste un libro escrito por mí, y ese libro prestado circule entre mucha gente; al contrario es una práctica que apruebo y trato de fomentar. Del mismo modo, no me molesta que hagan fotocopias de mis libros. Incluso estoy tentado de publicar mis libros en Internet, para que los bajen gratis. Me molesta que me robe un editor, y los editores a menudo me roban, y roban a todos los escritores, de un modo de otro. [...]
La cultura, los productos de la inteligencia y la sensibilidad, es algo que debe circular libremente, gratuitamente, porque no puede ser propiedad privada de nadie, ya que la mente no es propiedad privada de nadie. [...] Si yo escribo un cuento y lo destruyo porque siento que no es “mío” y mucho tiempo después encuentro la prueba material de que no era “mío”, eso quiere decir algo. Un texto escrito por mí no es “mío” porque yo sea el propietario; es “mío” como puede ser “mío” un hijo.
Habría que encontrar una fórmula para que lo artistas pudieran sobrevivir sin necesidad de traficar con sus derechos de autor; habría que aniquilar ese podrido sistema de editores chupasangres, al libro como objeto, a las persecuciones por fotocopiar o piratear. Es cierto: un escritor que acierta con un título acorde con el gusto popular, puede enriquecerse de la noche a la mañana (difícilmente en este país, claro), y ni que hablar de los autores de software. Pero todos sabemos que ese enriquecerse es una forma también de empobrecerse y, de todos modos, los que quieran entrar en ese sistema, de acuerdo, allá ellos.
No tengo ni idea de cómo podrá resolverse el problema de los artistas y autores de software (ellos también artistas, a su manera), pero la cosa seguramente no viene por el lado de los porcentajes que se cobran por derechos de autor.
Mario Levrero, La novela luminosa
Desde que Mario Levrero escribiera estas líneas hacia el 29 de diciembre de 2000, las licencias libres, sobre todo en el caso del software y la música, han evolucionado a una velocidad pasmosa, hasta convertirse en un hecho inapelable. Queda, supongo, rescatar también esa osadía no tanto de desafiar a los editores o a la industria editorial, sino al concepto mismo de derecho de autor. Y el lugar de donde parte: la creación.
Desde hoy y desde aquí, podéis bajar
para imprimir en cualquier impresora, para distribución gratuita, para copia y modificación libre.
Un abrazo,
Raúl Quirós.
1 Ago
Cualquiera que haya malgastado dinero y vida en lánguidas tardes de verano en clases de redacción creativa o abotargando su intelecto con un manual de escritura de relatos se sabe aquello que dicen que Hemingway dijo de que un relato debe seguir la estructura de un iceberg: solo se muestra la punta y el resto del cuerpo se encuentra sumergido en las heladas aguas de algún océano esdrújulo. He visto muchos icebergs en mi vida y puedo jurar que ninguno se parece a un relato: son fríos, blancos, un muermo. La vida allí es imposible y suelen ser una molestia activa para la navegación. Hundieron el Titanic.
Un relato, un cuento, una novela, en definitiva, un texto con cierta pretensión de rebasar una intencionalidad meramente informativa se parece mucho más a una montaña de basura, si quieren con una guinda o una gaviota intacta en su cima. La basura, pensada así, sin pulir, es un concepto magnífico: una masa objetos sin ninguna relación descomponiéndose al mismo tiempo. Tanto le vale a la basura una taza como las pepitas de una sandía, el envoltorio de una compresa o un condón anudado, botes de lejía o de salfumán, ropa, comida, latas, cobre. Todos estos objetos se van amontonando hasta conformar una montaña, a veces una montaña sólida, sobre la que al final se posa una gaviota, que se detiene allí a recuperar el aliento para continuar la búsqueda de alimento en otras montañas. Esta imagen me cautiva: un ser que se mantiene con vida (y no cualquier vida, porque en todo vertedero existe un rica fauna, sobre todo avícola) a través de las ruinas y desperdicios que allí se van acumulando incansablemente.
Así que salta una idea: un tipo busca aparcamiento en su barrio. Recorre las estrechas calles con su vehículo de segunda mano, compite en ferocidad con otros buscadores de aparcamiento y al mismo tiempo evoca su vida en pareja. El conductor trata de acortar por calles prohibidas, intenta ajustar su coche a espacios donde no cabe su utilitario y los otros aparcadores (u otros coches), en paralelo se desarrolla un desencuentro amoroso que el protagonista trata de solucionar comprando un regalo en el IKEA. Las tres tramas -la del aparcamiento, la pelea entre los jóvenes amantes, la búsqueda del regalo- convergen en una metáfora laberíntica, cargado de referencias intratextuales – es decir, que unas partes copiaban a otras desplazando o reemplazando los símbolos y los personajes -.
Que sin embargo no funcionó. Y hubo que convertir a los coches en chatarra, los muebles del IKEA en pulpa y a los jóvenes amantes en desconocidos.
Esto es lo que se hace en el barrio más poblado de Lagos, Makoko: los jóvenes que quieren imitar a sus ídolos de la canción se levantan temprano y acuden al gran vertedero cercano, en el que se acumulan no solo los desperdicios de Nigeria y otros países de alrededor sino también la basura importada de países desarrollados, y recuperan metal, bidones de plástico, botes y otros objetos que, una vez revendidos, les proporcionan unos ingresos extra con los que pagarse la grabación de una maqueta. Las familias del poblado le están ganando terreno al lago gracias a que compran basura que depositan frente a sus casas y que luego compactan con arena. Éste, su jardín es mostrado con orgullo y envidia a sus vecinos, que esperarán a obtener algún pequeño premio en la lotería para adquirir más basura con la que cimentar sus casas y sus embarcaderos.
En los vertederos de la India se genera un millón de euros diarios solo en reciclaje de desperdicios.
Buscar lo útil entre kilos y kilos de escombros, hierros oxidados, tendido de cobre, organizar objetos cotidianos como latas, paneles de metacrilato, barcas carcomidas, y darles un nuevo sentido, un nuevo orden, una nueva disposición. Mancharse las manos buscando no un tesoro entre la basura, sino lo útil, lo práctico, lo llamativo.
Hablaba de lo pasa con un relato que ya no se necesita. Sí. Hablaba de literatura.
15 Jul
El CERN, creador del famoso acelerador de partículas, ha declarado hoy que apoyará las licencias Creative Commons; licencias que también utiliza Un hombre cae de un edificio, que a su vez incluye un relato sobre el acelerador de partículas y su creador, que trabaja en el CERN.
4 Jul
Me llamo Rubén Martínez Díaz. Tengo seis años y medio. Mi color favorito es el naranja. Mi color favorito es el naranja porque mi gato es de color naranja. Vivo en el sexto piso de la calle Río Alagón. Mi gato solo tiene seis vidas porque una vez se cayó por la ventana y papá lo tuvo que recoger de la calle.
27 Jun
Pues aquí llega lo mejor del sueño del señor con bigotito. La extraña pareja sube hasta el Empire State Building. Después de guardar una cola de una hora y subir 102 pisos de altura se encuentran en el mirador. El señor del bigotito, claro está, le pide a su mujer que le saque más fotos, allí a 102 pisos de altura y la mujer, tan cansada que preferiría estar en el hotel planchando el pijama con la bota del pie izquierdo, le saca aún máaaas fotos. Le saca tantas fotos que le duele el foto del darle al botoncito. Y el hombre venga a hacer el tonto en la cornisa, y la mujer venga a darle al botoncito. Y el hombre en la cornisa y la mujer: “que no hagas el tonto”, y el hombre que se acerca a la cornisa y ¡plof!
¡Se cae!
Se cae desde una cornisa a 102 pisos de altura. La mujer grita, los otros turistas gritan y un bebé que lo ve caer no grita, porque no ha aprendido a gritar, sino que se ríe y a todos les parece tan rico que dejan de gritar.
20 Jun
Ésta es la única memoria que conservo sobre el único hijo que tuve. No recuerdo su nombre, ni su cara, ni el color de sus ojos. Pensarás si no es fruto del delirio que azota a los que vivimos bajo este cielo siempre gris o si se trata de una mala metáfora con la que sugerirte una historia verdadera. Mi hijo fue llevado por alguno de los riachuelos que formó la lluvia aquella noche, cayó dentro de una alcantarilla y la corriente lo arrastró hasta el mar. Allí se alimentó de algas y sales, luego alcanzó el tamaño justo para elevarse junto al agua evaporada por el sol. Después se unió a cualquier nube que encapota el cielo de Dublín y un día descargará sobre St. Stephen’s Green. Con suerte, en su lenta caída junto a la lluvia encontrará tierra fértil. Comenzará a florecer, a crecer, esta vez como un hijo verdadero, un hijo de la tierra y no de la herida, como un diente de león, o un morronguillo. Quizá esas nubes no se quedaron en Dublín y el viento las transportó hasta aquí, hasta Francia. Algún día lo reconoceré mientras paseo por algún parque, puede que vaya contigo de la mano o absorto en mis pensamientos, puede que levante la mirada y lo reconozca y entonces le abrace y pueda, al fin, darle un nombre.
6 Jun
Ya queda menos para que saquemos el libro en papel… Stay tuned!
31 May
He cumplido casi cuatro años y medio sin televisor. No trato de ponerme panfletario sino más bien de racionalizar una combinación de inercia, pereza e incapacidad técnica. Mi desconexión comenzó en Dublín y en Lyon: los programas de televisión estaban en un idioma en aprendizaje y no resultaba fácil seguirlos. Una vez dominado el idioma, el contenido, especialmente el de los programas en directo, se me vuelve muy difícil de comprender: los símbolos, los gestos, los tema, la ideología o el propósito de los programas me son extranjeros. En Irlanda, por ejemplo, los magazines y las tertulias sobre temas del corazón apenas existían en la tele -aunque sí en prensa- y en Francia los debates tenían siempre una pátina cultural que me ponía nervioso: incluso un programa de cocina parecía una metáfora continuada sobre los ingredientes que confluían hacia el Uno-Todo, que era el plato.