Descargar Un hombre cae de un edificio
7 Sep
A mí no me molesta que alguien preste un libro escrito por mí, y ese libro prestado circule entre mucha gente; al contrario es una práctica que apruebo y trato de fomentar. Del mismo modo, no me molesta que hagan fotocopias de mis libros. Incluso estoy tentado de publicar mis libros en Internet, para que los bajen gratis. Me molesta que me robe un editor, y los editores a menudo me roban, y roban a todos los escritores, de un modo de otro. [...]
La cultura, los productos de la inteligencia y la sensibilidad, es algo que debe circular libremente, gratuitamente, porque no puede ser propiedad privada de nadie, ya que la mente no es propiedad privada de nadie. [...] Si yo escribo un cuento y lo destruyo porque siento que no es “mío” y mucho tiempo después encuentro la prueba material de que no era “mío”, eso quiere decir algo. Un texto escrito por mí no es “mío” porque yo sea el propietario; es “mío” como puede ser “mío” un hijo.
Habría que encontrar una fórmula para que lo artistas pudieran sobrevivir sin necesidad de traficar con sus derechos de autor; habría que aniquilar ese podrido sistema de editores chupasangres, al libro como objeto, a las persecuciones por fotocopiar o piratear. Es cierto: un escritor que acierta con un título acorde con el gusto popular, puede enriquecerse de la noche a la mañana (difícilmente en este país, claro), y ni que hablar de los autores de software. Pero todos sabemos que ese enriquecerse es una forma también de empobrecerse y, de todos modos, los que quieran entrar en ese sistema, de acuerdo, allá ellos.
No tengo ni idea de cómo podrá resolverse el problema de los artistas y autores de software (ellos también artistas, a su manera), pero la cosa seguramente no viene por el lado de los porcentajes que se cobran por derechos de autor.
Mario Levrero, La novela luminosa
Desde que Mario Levrero escribiera estas líneas hacia el 29 de diciembre de 2000, las licencias libres, sobre todo en el caso del software y la música, han evolucionado a una velocidad pasmosa, hasta convertirse en un hecho inapelable. Queda, supongo, rescatar también esa osadía no tanto de desafiar a los editores o a la industria editorial, sino al concepto mismo de derecho de autor. Y el lugar de donde parte: la creación.
Desde hoy y desde aquí, podéis bajar
Un hombre cae de un edificio
para imprimir en cualquier impresora, para distribución gratuita, para copia y modificación libre.
Un abrazo,
Raúl Quirós.


