El aparcamiento – Historia de las historias fallidas
1 Ago
Cualquiera que haya malgastado dinero y vida en lánguidas tardes de verano en clases de redacción creativa o abotargando su intelecto con un manual de escritura de relatos se sabe aquello que dicen que Hemingway dijo de que un relato debe seguir la estructura de un iceberg: solo se muestra la punta y el resto del cuerpo se encuentra sumergido en las heladas aguas de algún océano esdrújulo. He visto muchos icebergs en mi vida y puedo jurar que ninguno se parece a un relato: son fríos, blancos, un muermo. La vida allí es imposible y suelen ser una molestia activa para la navegación. Hundieron el Titanic.
Un relato, un cuento, una novela, en definitiva, un texto con cierta pretensión de rebasar una intencionalidad meramente informativa se parece mucho más a una montaña de basura, si quieren con una guinda o una gaviota intacta en su cima. La basura, pensada así, sin pulir, es un concepto magnífico: una masa objetos sin ninguna relación descomponiéndose al mismo tiempo. Tanto le vale a la basura una taza como las pepitas de una sandía, el envoltorio de una compresa o un condón anudado, botes de lejía o de salfumán, ropa, comida, latas, cobre. Todos estos objetos se van amontonando hasta conformar una montaña, a veces una montaña sólida, sobre la que al final se posa una gaviota, que se detiene allí a recuperar el aliento para continuar la búsqueda de alimento en otras montañas. Esta imagen me cautiva: un ser que se mantiene con vida (y no cualquier vida, porque en todo vertedero existe un rica fauna, sobre todo avícola) a través de las ruinas y desperdicios que allí se van acumulando incansablemente.
Así que salta una idea: un tipo busca aparcamiento en su barrio. Recorre las estrechas calles con su vehículo de segunda mano, compite en ferocidad con otros buscadores de aparcamiento y al mismo tiempo evoca su vida en pareja. El conductor trata de acortar por calles prohibidas, intenta ajustar su coche a espacios donde no cabe su utilitario y los otros aparcadores (u otros coches), en paralelo se desarrolla un desencuentro amoroso que el protagonista trata de solucionar comprando un regalo en el IKEA. Las tres tramas -la del aparcamiento, la pelea entre los jóvenes amantes, la búsqueda del regalo- convergen en una metáfora laberíntica, cargado de referencias intratextuales – es decir, que unas partes copiaban a otras desplazando o reemplazando los símbolos y los personajes -.
Que sin embargo no funcionó. Y hubo que convertir a los coches en chatarra, los muebles del IKEA en pulpa y a los jóvenes amantes en desconocidos.
Esto es lo que se hace en el barrio más poblado de Lagos, Makoko: los jóvenes que quieren imitar a sus ídolos de la canción se levantan temprano y acuden al gran vertedero cercano, en el que se acumulan no solo los desperdicios de Nigeria y otros países de alrededor sino también la basura importada de países desarrollados, y recuperan metal, bidones de plástico, botes y otros objetos que, una vez revendidos, les proporcionan unos ingresos extra con los que pagarse la grabación de una maqueta. Las familias del poblado le están ganando terreno al lago gracias a que compran basura que depositan frente a sus casas y que luego compactan con arena. Éste, su jardín es mostrado con orgullo y envidia a sus vecinos, que esperarán a obtener algún pequeño premio en la lotería para adquirir más basura con la que cimentar sus casas y sus embarcaderos.
En los vertederos de la India se genera un millón de euros diarios solo en reciclaje de desperdicios.
Buscar lo útil entre kilos y kilos de escombros, hierros oxidados, tendido de cobre, organizar objetos cotidianos como latas, paneles de metacrilato, barcas carcomidas, y darles un nuevo sentido, un nuevo orden, una nueva disposición. Mancharse las manos buscando no un tesoro entre la basura, sino lo útil, lo práctico, lo llamativo.
Hablaba de lo pasa con un relato que ya no se necesita. Sí. Hablaba de literatura.


