Falsa reconstrucción de un caso real: Un encuentro fatal

31 May

He cumplido casi cuatro años y medio sin televisor. No trato de ponerme panfletario sino más bien de racionalizar una combinación de inercia, pereza e incapacidad técnica. Mi desconexión comenzó en Dublín y en Lyon: los programas de televisión estaban en un idioma en aprendizaje y no resultaba fácil seguirlos. Una vez dominado el idioma, el contenido, especialmente el de los programas en directo, se me vuelve muy difícil de comprender: los símbolos, los gestos, los tema, la ideología o el propósito de los programas me son extranjeros. En Irlanda, por ejemplo, los magazines y las tertulias sobre temas del corazón apenas existían en la tele -aunque sí en prensa- y en Francia los debates tenían siempre una pátina cultural que me ponía nervioso: incluso un programa de cocina parecía una metáfora continuada sobre los ingredientes que confluían hacia el Uno-Todo, que era el plato.

Una vez en España, supe que vivir sin televisor no significa vivir sin televisión y a pesar de no tener el aparato transmisor estaba al tanto de lo que ocurría en ella, como si la parrilla de programación se constituyera y perviviera más allá de las emisiones propiamente dichas: Internet es la primera potenciadora de este mundo más allá del aparato, como lo somos los televidentes en nuestras relaciones sociales: las nuevas series y su panel de nuevos actores, los escándalos más recientes de alguna folclórica, las ocurrencias más ingeniosas de los humoristas de los late-shows se convierten en una especie de código social aceptable contra el silencio allí donde el contacto con otros humanos es contínuo (trabajo, escuela, universidad). Y sobre todo algunos giros y maneras de los que es difícil desarraigarse y que delatan su presencia en la lengua común.

La televisión es una manera de presentar información y, al contrario que el teatro o la literatura, esconde su incapacidad para mostrarlo todo bajo el discurso de la asepsia: lo que se ve es (todo) lo que hay. La televisión no reflexiona sobre la parcialidad de toda información emitida y la imposibilidad de presentar esa información sin cicatriz del sesgo al que se debe someter: puesto que la imagen predomina sobre la palabra, ningún espectador puede llevarse a engaño, parece ser el mensaje. La teoría del montaje cinematográfico muestra la asombrosa capacidad técnica e imaginativa de proveer de un significado concreto a una secuencia de imágenes. Sin embargo aún persiste y se alimenta la idea de una realidad total reflejada fielmente por la televisión.

El caso del profesor Neira no parecía especialmente original. Al comienzo se trataba de la recreación moderna del mártir clásico, del héroe de las novelas de serie B: la defensa de la mujer en peligro, la tragedia del sabio a punto de ser destruído por la sinrazón (un ex-presidiario drogadicto), etcétera. Sin embargo, la particular narrativa de las televisiones privadas españolas permitió que la historia se perpetuara más allá del soporte clásico. La primera bomba que destruyó el cliché fue la princesa salvada de las garras de su maltratador: Violeta Santander recorrió varios programas de televisión exculpando a su maltratador  y poniendo en duda la figura de Jesús Neira: ¿qué hacía allí y por qué se entrometió en una disputa íntima? Las parrillas televisivas primero enmudecieron ante la constitución de un personaje con el que no contaban: la frugal Violeta adquiría personalidad y se rebelaba contra un rol que la presentaba como la débil de la historia. La televisión contraatacó entonces y trató de presentarla como una mujer ignorante que no conocía su propia condición de mujer maltratada, como una mujer débil y manipulada que debía ser reeducada y reconducida: así se trató de reconstruir la fábula en las tertulias televisivas, mostrando, de paso, la sanguinaria frustración del que ve su propia historia deslavazada por la rebelión de sus personajes.

Más tarde, cuando la televisión vio asegurada su nueva versión de los hechos, despertó Jesús Neira. Los que quisieron ver al héroe resurgir de su sueño, se estrellaron con el personaje Neira: alguien que denigraba a las hijas del presidente del país, que abogaba por el uso de armas de fuego, alguien a quien las asociaciones de mujeres querían destituir de sus cargos institucionales otorgados a dedo…

El relato Un encuentro fatal toma todos estos elementos y trata de situarse en la otra punta del discurso televisivo, en el que es invisible para los telespectadores: en concreto en el lugar de uno de los hijos del profesor que concede la entrevista  y en el de la mujer maltratada, encerrada en su casa mientras la televisión muestra imágenes sobre “su” caso. No reproduce literalmente la historia y la recrudece para no convertirse en un mero documental. El relato, además, está acompañado de vídeos tanto de Violeta Santander y sus desencuentros en la televisión y alguna entrevista a Jesús Neira.

Espero que os guste.

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