Making of: Un día soleado en Königsberg (I)

6 May

Viene siendo un lugar común en los manuales de escritura creativa y en las escuelas donde se escriben, promocionan y venden los mismos, el abuso de la utilización de  juegos literarios como un esforzado ejercicio para disparar la creatividad de los alumnos. Entre las numerosas peripecias que ha de garabatear el escritor-alumno está, cómo no, el cadáver exquisito, los cien mil billones de poemas de Queneau, el Je me souviens de Perec y en general cualquier otra propuesta simpática del OuLiPo, convenientemente machacada y tamizada para su puesta en papel por los aspirantes a relatistas.
Todo lector con algunos años de rodaje tiene su particular cementerio de libros: se trata de aquellos libros aburridos, bluffs de la época, novelas, poemarios que, o bien no terminó por aburrimiento, o bien absolvió por delicadeza con el autor, pero que nunca más volverá a abrir puesto que no quiere pasar por el calvario de su relectura. Es posible, además, que no se atreva a recomendarlo a ningún amigo, ni familiar incordio, ni jefe, ni amante pecaminosa y por lo tanto, condene a muerte al libro (qué es el olvido, sino otra cosa), será un amasijo de tinta y polvo debajo de alguna estantería o en alguna librería de segunda mano. Muy poéticamente justo.

Reside todo el problema en las cuestiones que parecen originarse en alguna especie de fondo marino de nuestra conciencia lectora, y van subiendo hacia la superficie cuanto más avanzamos en el relato y menos nos solaza: ¿y por qué el protagonista no hace esto? ¿Y qué pasaría si ocurriera esto o lo otro? ¿Y por qué no he ido a hacer la compra? ¿Y por qué no se toman los ejercicios literarios como lo que son -un objeto literario en sí mismo y no un medio de enseñanza-? Yo sé – porque he leído mucho a Carver y a Borges, y tanto Borges como Carver son capítulos indispensables en los talleres de escritura – que si un relato comienza con un personaje que es escritor, famoso o no, llegará un punto que el tal escritor topará con algún conflicto que le hará recapacitar acerca de su profesión y que luego de la resolución del tal conflicto, se incorporarán, conflicto y resolución, como el chupachups que sorbe un niño, a su propia escritura. ¿Y por qué no deja de escribir? ¿Y por qué no aparecen los marcianos? ¿Por qué todo es tan difícil y aburrido? ¿Por qué?

Hay precedentes a Un día soleado en Königsberg. El primero que conocí, justo es decirlo, fue Rayuela, de Julio Cortázar. Relato que, sin embargo, no deja de ser un lineal: va de un punto a otro y nunca vuelve sobre sí mismo, además, el lector sólo tenía dos opciones después de cada texto: o seguir o saltar. Se encuentra, también, en la bibliografía de Cortázar, 62 Modelo para armar, donde el lector puede, literalmente, montar su propio relato. Los segundos que conozco son los libros del estilo “Elige tu propia aventura”. En estos, sí que había elección y además, son infinitamente más cutres (más pop, diremos) y, por tanto, más de revista de tendencias y tal.

Un día soleado en Konigsberg toma elementos de ambas partes, solo que anula cualquier posibilidad de la voluntad: no puede elegir ni qué trozo le gusta más, ni qué opción intuye que será mejor. Comienza el relato: “¿Qué sentido tendría, ante lo inevitable de la eternidad?

Un tipo se levanta un día. Consigue un trabajo. En el trabajo se aburre. Comienza a escribir un relato sobre un tío que se levanta un día y consigue un trabajo.

Un tipo se levanta un día. Le acaban de despedir del trabajo. Sale a la calle y le atracan. Vuelve a su casa y se suicida.

Un tipo se levanta un día. Le acaban de despedir del trabajo. Sale a la calle y le atracan. Se marcha a trabajar con los atracadores, luego se arrepiente y huye.

¿Cómo valerse de Kant y Euler para construir algo así? ¿En cuántas líneas se puede escribir esto? ¿Por qué es un grafo? ¿Cuántos profesores más de escritura creativa necesita este país? Más acerca de esto en un post por venir…

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